Ilustración con referencia a la medicina medieval y el título del artículo en la parte superior

Medicina medieval: remedios, sangrías y barberos

¿Te imaginas acudir al médico y te recetara plantas medicinales, heridas o decidiera cuándo tratarte según la posición de los astros? ¿O ser operado por la misma persona que arregla tu barba?

La medicina medieval estaba llena de prácticas sorprendentes y remedios que hoy nos pueden parecer increíbles. Descubre cómo intentaban combatir las enfermedades, por qué se recurría a las sangrías y qué papel desempeñaban los barberos-cirujanos cuando una herida o un dolor de muelas podían convertirse en una auténtica pesadilla.

Tabla de contenidos
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    Médicos y tratamientos en la Edad Media

    Una visita al médico durante la Edad Media podía comenzar de una forma sorprendente en comparación a lo que muchos podrían imaginar: el enfermo hablaba de sus molestias, el médico le tomaba el pulso y después examinaba atentamente su orina.
    La uroscopia era una práctica habitual y el color, el aspecto o la transparencia de aquella muestra podían utilizarse para intentar descubrir qué estaba ocurriendo dentro del cuerpo, aún sin los avanzados análisis que existen en la actualidad.

    Los médicos seguían principalmente las ideas de autores como Hipócrates y Galeno y la teoría de los cuatro humores ocupaba un lugar central: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra debían mantenerse en equilibrio, mientras que una alteración podía explicar una enfermedad, pero también determinadas características del carácter.
    La sangre se relacionaba con personas activas y alegres; la bilis amarilla, con el temperamento colérico; la flema, con la tranquilidad, y la bilis negra, con la melancolía.
    El tratamiento se elegía intentando recuperar ese equilibrio, el médico podía recomendar reposo, cambios en la alimentación, baños, ejercicio o preparados medicinales.

    Y aunque la base solía ser similar, la medicina también estaba marcada por las diferencias sociales: un noble podía disponer de un médico particular, mientras una persona humilde podía acudir a un herbolario, una comadrona o alguien de su comunidad con experiencia en determinadas enfermedades, lo que daba lugar a tratamientos muy distintos, aún ante los mismos síntomas aparentes.

    La medicina medieval estaba llena de tratamientos que hoy pueden resultar extraños, pero también de observaciones minuciosas sobre el cuerpo humano.
    Entre frascos de orina, plantas medicinales, sanguijuelas, instrumentos quirúrgicos y remedios transmitidos durante generaciones, médicos y cirujanos intentaban enfrentarse a enfermedades y heridas con los conocimientos disponibles en su época.

    Libro con estudio de hierbas medicinales

    ¿Qué remedios usaban en la Edad Media?

    Durante la Edad Media, las plantas eran una auténtica farmacia al alcance de muchas comunidades: salvia, menta, hinojo, ajo, manzanilla y otras especies se utilizaban para preparar infusiones, jarabes, aceites, ungüentos y cataplasmas. Además, diferentes plantas cuyas formas eran asociadas a órganos y partes del cuerpo, se decía que tenían efectos sobre estos, y se usaban para tratar males asociados a aquello cuya forma representaba.
    La miel también tenía gran importancia y podía emplearse sobre determinadas heridas.

    Aún así, las recetas podían ser verdaderamente sorprendentes, un preparado medicinal podía reunir varias plantas junto con miel, vino, aceite o grasa animal y algunas combinaciones tenían propiedades útiles, otras podían resultar ineficaces o incluso peligrosas.

    La alimentación también formaba parte del tratamiento: los médicos clasificaban los alimentos según fueran calientes, fríos, secos o húmedos, y utilizaban esas características para decidir qué convenía a cada enfermo, así, un mismo alimento podía recomendarse para una persona y evitarse para otra dependiendo de su estado de salud.

    El conocimiento se transmitía mediante textos médicos y también a través de la experiencia de generaciones de maestro a aprendiz, aunque los monasterios también conservaron conocimientos médicos y cultivaron plantas destinadas a preparar remedios, de modo que sus huertos podían funcionar como pequeñas farmacias vegetales, con especies seleccionadas para aliviar diferentes dolencias.

    Ilustración de Sangría

    Las Sangrías en la Edad Media

    La sangría era una de las prácticas más características de la medicina medieval y consistía en extraer la sangre del paciente, porque se creía que determinadas enfermedades estaban relacionadas con un exceso de este humor, así que, al retirar sangre, el médico esperaba devolver al organismo su equilibrio.

    Para conseguirlo podían realizar una incisión, utilizar ventosas o colocar sanguijuelas sobre la piel, ya que estos animales se adherían al cuerpo y extraían sangre.
    En cuanto a este último método, su uso resultó tan duradero que las sanguijuelas continuaron formando parte de determinadas prácticas médicas durante muchos siglos.

    La explicación de la sangría estaba ligada a una teoría médica que parecía lógica para quienes la utilizaban, pero el problema era que una extracción excesiva podía dejar al enfermo todavía más debilitado, así que una persona que ya sufría una enfermedad podía perder una cantidad importante de sangre durante el tratamiento y empeorar gravemente. Además, la falta de higiene de la época podía llevar consecuencias que, en ese entonces, no eran consideradas.

    En algunas tradiciones médicas, sobre todo en la extracción de sangre, también se tenían en cuenta la posición de la Luna y de otros astros para decidir el momento adecuado de determinadas intervenciones, de forma que la medicina medieval combinaba así observaciones sobre el cuerpo con creencias que hoy pertenecen a la historia de la medicina.

    Dentista en la Edad media

    Barberos y heridas en la Edad Media

    El barbero medieval podía hacer mucho más que cortar el pelo.
    En distintos lugares, los barberos-cirujanos realizaban sangrías, extraían dientes, abrían abscesos y atendían determinadas heridas. Su trabajo exigía habilidad manual y experiencia, especialmente en procedimientos que requerían instrumentos cortantes, algo que indirectamente ya estaba relacionado con la profesión...

    Sin embargo, durante la Edad Media, las intervenciones resultaban tan incómodas como peligrosas.
    Una visita para extraer una muela podía convertirse en una experiencia terrible, ya que la anestesia moderna no existía y los recursos para controlar el dolor eran muy limitados; así, el paciente debía soportar una intervención rápida mientras el barbero intentaba extraer la pieza con sus instrumentos.
    Las heridas graves presentaban un peligro todavía mayor, ya que si bien podían limpiarse y cubrirse con paños de lino, y se utilizaban sustancias como miel, vino, aceites o preparados vegetales, la desinfección y el alivio del dolor todavía era una tarea rudimentaria, e incluso cuando una espada, una lanza o una herramienta provocaba una lesión profunda, el cirujano, o el barbero, en su caso, podía encargarse de retirar fragmentos incrustados o tejido dañado también... Pero el gran enemigo aparecía después: la infección.
    Nadie conocía las bacterias y no existían los antibióticos, así que una herida que hoy podría resolverse con atención médica, en ese entonces, podía terminar en gangrena y causar la muerte, lo que daba lugar a que, en los casos más graves, el cirujano podía recurrir a la amputación para intentar salvar la vida del paciente.