La creencia en el fin del mundo
Aunque el temor al fin del mundo parecería algo reciente, no solo el 2000 y el 2012 despertaron tal incertidumbre, sino que se remonta mucho tiempo atrás... Al acercarse el año 1000, una pregunta inquietante aparecía dentro del imaginario cristiano medieval: ¿estaba cerca el fin del mundo?
El Apocalipsis de San Juan hablaba de guerras, muerte, resurrección y Juicio Final y a estos relatos se sumaban las imágenes de manuscritos religiosos, las predicaciones y una realidad bastante menos simbólica: guerras, enfermedades, hambrunas e invasiones que podían convertir cualquier desgracia en una posible señal divina.
Aunque, pese a lo dicho, la famosa idea de que toda Europa esperaba aterrorizada el año 1000 necesita algunos matices: no existen pruebas de un pánico generalizado ante una fecha concreta, sin embargo, las creencias apocalípticas sí formaban parte de la cultura religiosa de la época y podían adquirir una fuerza especial cuando las circunstancias eran adversas.

El libro que mostraba el fin del mundo
El Apocalipsis de San Juan proporcionaba algunas de las imágenes más aterradoras de la tradición cristiana: Jinetes, criaturas monstruosas, batallas, muerte y Juicio Final aparecían representados en estos manuscritos medievales.
En la península Ibérica, los Comentarios al Apocalipsis de Beato de Liébana dieron origen a los conocidos Beatos, códices iluminados cuyas escenas todavía sorprenden por su intensidad, cuyas ilustraciones mostraban un mundo condenado a enfrentarse con fuerzas sobrenaturales con la llegada del Juicio.
¿Y si el Anticristo ya estaba cerca?
Aquí aparece una de las figuras que más miedo podía provocar, representada por una pregunta: ¿Y si el miedo no estaba en que apareciera un monstruo, sino en que surgiera un gobernante capaz de conquistar territorios y someter a pueblos enteros?
En la tradición medieval, ese temido personaje podía ser el propio Anticristo.
En 954, el monje Adso de Montier-en-Der escribió el Libellus de Antichristo, dedicado precisamente a esta figura y a los acontecimientos relacionados con su llegada y la cuestión que presentaba no era menor ya que un enemigo poderoso podía interpretarse dentro de su visión religiosa del final de los tiempos, mientras que las luchas políticas, la caída de dinastías y las guerras podían alimentar preguntas sobre el destino de la cristiandad, aunque no todos los religiosos compartían esas interpretaciones, por ejemplo, Abón de Fleury cuestionó algunas lecturas relacionadas con las expectativas apocalípticas del cambio de milenio.

Eventos interpretados como malas señales
Cuando Almanzor llegó con su ejército
En la península Ibérica había motivos reales para sentir miedo, ya que las campañas de Almanzor golpearon numerosos territorios cristianos durante las últimas décadas del siglo X.
En 997, sus tropas saquearon Santiago de Compostela, uno de los principales centros religiosos de la cristiandad hispánica y para una sociedad profundamente religiosa, una derrota semejante podía resultar especialmente perturbadora.
Una ciudad atacada, un templo saqueado o un ejército que avanzaba sobre territorio cristiano podían interpretarse dentro de un marco en el que las guerras y las desgracias también podían adquirir un significado religioso.
Enfermedades, hambre y señales del cielo
No hacía falta un gran ejército para sembrar inquietud, una mala cosecha podía provocar hambre, una enfermedad podía extenderse sin que existiera una explicación médica capaz de aclarar su origen y una sucesión de desgracias podía alimentar la sensación de que algo no marchaba bien.
En la mentalidad medieval, las calamidades podían relacionarse con el pecado, el castigo divino o la proximidad del Juicio Final y por eso las noticias de una epidemia o de una hambruna podían resultar mucho más inquietantes que el propio desastre.

Los caballeros también preocupaban a la Iglesia
Mientras crecían los poderes de la aristocracia guerrera, la violencia entre señores se convirtió en un problema para las comunidades y para la Iglesia, pues los enfrentamientos podían afectar a campesinos, comerciantes, viajeros y a las propiedades religiosas.
Para limitar estos conflictos surgieron iniciativas como la Paz y Tregua de Dios, que establecían periodos y circunstancias en los que la violencia debía detenerse, así la Europa feudal estaba construyendo nuevas estructuras de poder mientras intentaba controlar una sociedad acostumbrada a las armas.
La llegada del año 1000
El año 1000 pasó sin que llegara el Juicio Final ni apareciera el Anticristo para acabar con la cristiandad, ni tampoco se produjo una catástrofe que pusiera fin a la historia, pero las creencias apocalípticas no desaparecieron.
Durante los siglos posteriores continuaron las interpretaciones sobre el Anticristo, el Juicio Final y las señales que anunciarían el fin de los tiempos, de modo que el miedo podía reaparecer cuando surgían guerras, enfermedades, crisis religiosas o acontecimientos políticos difíciles de explicar.

El verdadero temor de aquella Europa
El año mil pudo haber sido una noche de terror colectiva en la que millones de personas esperasen morir al día siguiente, o pudo no serlo, pero lo más inquietante estaba en otra parte: las guerras, las enfermedades, las hambrunas y las crisis políticas que podían interpretarse como señales de que el final de los tiempos se acercaba.
El Apocalipsis formaba parte de una cultura religiosa que buscaba señales en los grandes acontecimientos, por lo que una guerra podía despertar sospechas, una epidemia podía interpretarse como castigo y un gobernante demasiado poderoso podía alimentar historias sobre el Anticristo, y mientras los años pasaban, aquella Europa continuaba cambiando, mas lo que sí permaneció durante siglos fue una pregunta capaz de inquietar a cualquiera: ¿cuándo llegaría realmente el último día y qué señales anunciarían que ya había comenzado?








