Cuando Roma todavía podía resistir
A mediados del siglo V, el Imperio romano de Occidente atravesaba una etapa de enorme debilidad. Durante siglos, Roma había dominado buena parte de Europa, el norte de África y las tierras que rodeaban el Mediterráneo, pero entonces sus fronteras sufrían continuas amenazas y distintos pueblos germánicos se habían instalado dentro de sus antiguos territorios. En ese escenario apareció una de las figuras más temidas de su tiempo: Atila, rey de los hunos.
El 20 de septiembre de 451, según la fecha tradicional, tuvo lugar la batalla de los Campos Cataláunicos, en la Galia, un territorio que corresponde aproximadamente a la actual Francia. Atila había entrado allí al frente de un poderoso ejército y pretendía ampliar todavía más sus dominios, así que para detenerlo, el general romano Aecio reunió una gran coalición en la que participaron varios pueblos, entre ellos los visigodos.
El enfrentamiento fue enorme y terminó frenando el avance de Atila, así que los hunos no consiguieron imponerse y tuvieron que retirarse. La batalla tuvo además un episodio decisivo para los visigodos: su rey, Teodorico I, murió durante el combate.
El resultado permitió a Roma contener aquella amenaza, pero la victoria escondía una realidad mucho más preocupante: para defender sus territorios, el poder romano necesitaba apoyarse cada vez más en pueblos que anteriormente habían sido sus enemigos; los visigodos ya no estaban simplemente fuera del mundo romano: formaban parte de las fuerzas que luchaban por defenderlo.

De aliados de Roma a nuevos gobernantes
Después de los Campos Cataláunicos, el Imperio romano de Occidente continuó perdiendo fuerza, las dificultades económicas, las luchas internas y la pérdida de control sobre numerosos territorios fueron debilitando progresivamente la autoridad imperial.
Mientras Roma intentaba sobrevivir, los pueblos germánicos consolidaban sus propios poderes y, entre ellos, los visigodos son un ejemplo especialmente importante para la historia de España, ya que tras establecerse en distintos territorios de la Galia, fueron desplazando su centro de poder hacia Hispania, donde acabarían creando un reino con capital en Toledo.
La transformación fue lenta, en el 451 todavía tenía sentido reunir a romanos y visigodos para defender el territorio frente a Atila, pero veinticinco años después, la situación política había cambiado hasta tal punto que el emperador occidental apenas conservaba autoridad real.
El 4 de septiembre del 476, el jefe militar germánico Odoacro depuso a Rómulo Augústulo, un joven emperador que gobernaba en Italia, aunque Odoacro no ocupó su lugar como nuevo emperador de Occidente sino que envió las insignias imperiales a Constantinopla y gobernó Italia por su cuenta, reconociendo al emperador del Imperio romano de Oriente.
Tradicionalmente, este acontecimiento se considera el final del Imperio romano de Occidente y uno de los grandes límites entre la Antigüedad y la Edad Media.

El mundo que nació después de Roma
Entre el 451 y 476 transcurrieron solamente veinticinco años, pero durante ese periodo cambió profundamente el equilibrio de poder en Europa occidental: en los Campos Cataláunicos, Roma todavía podía reunir un ejército junto a los visigodos para detener a Atila, pero en 476, el emperador romano de Occidente había sido apartado del poder y los antiguos territorios imperiales estaban cada vez más controlados por nuevos reinos, mientras los visigodos ocuparían un lugar destacado en ese nuevo mapa. Su evolución resulta especialmente importante para la historia de España porque terminarían estableciendo en Hispania un reino que tendría Toledo como capital y dominaría gran parte de la península durante los siglos siguientes.
La caída del 476 no significó que Roma desapareciera de repente, muchas de sus leyes, ciudades, costumbres, estructuras administrativas y tradiciones continuaron durante siglos, pero lo que desapareció fue el poder del emperador romano de Occidente como autoridad efectiva sobre aquellos territorios, y así comenzó una nueva etapa: Roma dejaba de gobernar Occidente y los reinos germánicos empezaban a ocupar su lugar, entre quienes los visigodos acabarían convirtiéndose en protagonistas de una de las primeras grandes etapas de la historia medieval de España.


